| Sangre, heridas, cuerpos mutilados y escenas capaces de hacernos cubrir los ojos… aunque dejando un pequeño espacio entre los dedos para seguir mirando.El gore tiene una capacidad particular para provocar dos impulsos completamente opuestos: queremos apartar la mirada y, al mismo tiempo, necesitamos saber qué va a pasar después.Pero ¿por qué elegimos voluntariamente ver imágenes que, fuera de una pantalla, probablemente evitaríamos a toda costa?Con el próximo estreno de El heladero, dulce sabor a muerte, distribuida en México por Diamond Films, exploramos algunas de las razones detrás de nuestra extraña fascinación por lo desagradable.El efecto “no quiero ver… pero necesito ver”Una posible explicación está en algo conocido como curiosidad mórbida: el interés por observar situaciones relacionadas con el peligro, la violencia o la muerte, incluso cuando nos resultan desagradables.Desde una distancia segura, nuestro cerebro puede acercarse a escenarios extremos sin enfrentarse realmente a sus consecuencias.En otras palabras, sabemos que estamos seguros en nuestra butaca, pero nuestro cuerpo puede reaccionar como si aquello que sucede frente a nosotros representara una amenaza real.Por eso una escena particularmente gráfica puede provocar que tensemos el cuerpo, hagamos una mueca o incluso apartemos la mirada.Y después volvamos a mirar.El asco también puede ser entretenimientoEl asco es una de nuestras respuestas más primitivas. Su función está relacionada, entre otras cosas, con alejarnos de aquello que podría representar un riesgo para nuestra salud o supervivencia.El gore juega deliberadamente con esos límites.Sangre, fluidos, heridas o transformaciones corporales activan señales que normalmente interpretaríamos como “aléjate”, pero el contexto ficticio cambia la experiencia: aquello que debería provocar únicamente rechazo puede convertirse en adrenalina, sorpresa y entretenimiento.Es una contradicción perfecta para el cine de terror: sentir algo desagradable puede resultar extrañamente divertido cuando sabemos que no existe un peligro verdadero. |