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Título original: Camp

Año: 2025

Duración: 111 min.

País: Canadá

Dirección: Avalon Fast

Guion: Avalon Fast

Música: Max Graham

Fotografía: Eily Sprungman

Género: Terror. Drama | Brujería

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Sinopsis

Emily es la causante de dos tragedias al principio de su vida. Su padre le sugiere que vaya a un campamento para jóvenes con problemas para aliviar su sentimiento de culpa. Cuando Emily llega, es acogida por los demás monitores, que la aceptan tal como es y la envuelven en un velo de paz y perdón. Emily se encuentra a la vanguardia de un nuevo tipo de vida, pero hay una voz en el bosque que no puede ignorar, que le dice que vuelva a casa.

Opinión

Camp fue una de las sorpresas más interesantes del Macabro Festival. La película toma dos universos que rara vez se cruzan con tanta naturalidad: los campamentos religiosos y el slasher, y los une para construir una historia donde la fe, la culpa, la magia y la brujería conviven en un mismo espacio. El resultado es un relato que no solo busca asustar, sino también hablar de liberación emocional y de los traumas que se esconden bajo discursos de pureza espiritual.

El filme aprovecha el imaginario de los retiros religiosos —la disciplina, el silencio, la obediencia, la vigilancia constante— para convertirlo en terreno fértil del horror. En lugar de recurrir al asesino tradicional del slasher, Camp juega con la idea de que el verdadero peligro puede venir de aquello que se reprime: deseos, miedos, heridas familiares, identidades que no encajan en el molde. La magia y la brujería aparecen como herramientas de resistencia, como un lenguaje alterno para quienes ya no encuentran refugio en la fe institucional.

Las actuaciones de las chicas son uno de los puntos más fuertes. Cada una imprime su propio ritmo emocional al personaje:

  • una desde la rabia contenida,
  • otra desde la vulnerabilidad,
  • otra desde la curiosidad por lo prohibido,
  • y otra desde el miedo que se transforma en fuerza.

Esa diversidad hace que los momentos en pantalla se sientan vivos, que las dinámicas entre ellas tengan peso y que el espectador conecte con sus procesos internos. No son víctimas pasivas: son adolescentes enfrentando sistemas que las quieren moldear, y eso se refleja en cada gesto, cada mirada y cada decisión.

El trabajo visual es clave. Las luces y sombras no solo construyen atmósfera, sino que funcionan como metáfora de la lucha entre lo que se muestra y lo que se oculta. Las escenas nocturnas están cargadas de tensión, mientras que la iluminación cálida de los momentos “espirituales” tiene un tono inquietante, como si escondiera algo detrás de su aparente paz.

La sangre aparece como símbolo de transformación, de ruptura y de verdad. No es solo un recurso gore: es la marca física de que algo cambió para siempre. En ese sentido, la película dialoga con el clásico tema del bien contra el mal, pero lo hace desde una perspectiva más ambigua: ¿qué es realmente el bien?, ¿quién decide qué es el mal?, ¿qué pasa cuando la inocencia se pierde porque el mundo exige que se pierda?

Camp destaca porque no se conforma con ser un slasher más. Se atreve a mezclar géneros, a hablar de espiritualidad y rebeldía, a explorar traumas sin convertirlos en espectáculo. Su mirada canadiense aporta frescura al terror que solemos ver en México: otra cultura, otras formas de narrar el miedo, otras decisiones estéticas que enriquecen la experiencia.

 

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