En Era todo el mismo hueco, Eider Rodríguez trabaja con una imagen insistente —el hueco, la cavidad, la hendidura— para hablar de aquello que se abre (o se quiebra) en la vida cotidiana: un matrimonio que ya no encaja del todo, una amistad que se deshilacha, una convivencia que se vuelve representación, un cuerpo que enferma, un deseo que irrumpe como una grieta. Los relatos avanzan desde situaciones reconocibles hacia zonas incómodas, donde la estabilidad se revela frágil y la intimidad, lejos de ser un refugio, se convierte en un terreno de tensión y de pregunta.
Los personajes se mueven en espacios fronterizos y provisionales: una playa en plena canícula donde el cuerpo reclama una verdad distinta, una ruina ocupada por dos adolescentes como “palacio” improvisado, un agujero excavado bajo una casa como promesa de expansión y como secreto, una cena “perfecta” donde todo parece estar colocado para ser mirado, una isla turística donde lo ligero convive con una ansiedad soterrada, y un hogar convertido en antesala de la muerte y en lugar de despedida. En todos los casos, Rodríguez observa cómo se negocian —con torpeza, con rabia, con humor negro, con lucidez— los pactos afectivos y los papeles asignados: qué significa “cuidar”, “amar”, “desear”, “ser normal”, “estar bien”.
La escritura se fija en lo mínimo (un gesto, una frase, un objeto fuera de lugar) para ir abriendo capas: debajo de la superficie domesticada aparecen la vergüenza, la competitividad íntima, la violencia latente, la necesidad de control, el miedo a la decadencia del cuerpo, y también una búsqueda obstinada de contacto con lo real. A menudo esa búsqueda se formula como un “thriller” de lo cotidiano: los personajes no siempre saben qué desean o qué temen, pero sienten que algo se mueve bajo sus pies, como si la vida “normal” estuviera construida sobre un terreno inestable.
Random House publica Era todo el mismo hueco en su edición en castellano y Edicions del Periscopi la edición en catalán.
