
Título original: Canción de invierno
Año: 2020
Duración: 78 min.
País: México
Dirección: Silvana Lázaro
Guion: Silvana Lázaro
Reparto: Ruth Jazmín Ramos, Andrés Lupone
Fotografía: Sheila Altamirano
Compañías: Escuela Nacional de Artes Cinematográficas (ENAC)
Género: Drama | Música. Road Movie
Sinopsis
Danielle, una joven guitarrista, decide emprender un viaje con su mejor amigo, mientras ambos enfrentan el duelo de un rompimiento amoroso. Esto los llevará a conocer el complejo contexto fronterizo, donde tendrán que usar sus habilidades como músicos para sobrevivir. Dos corazones rotos, dos amigos, un viaje en carretera, un nuevo amor y una profunda necesidad de encontrarse así mismos, hace a Canción de invierno una película sobre la juventud.
Opinión
Lo íntimo es un espacio que se presta a la trampa. A la vez que habla de una cercanía casi atómica, que se presta a la confidencia y la expresión más frágiles y transparentes de las emociones y pensamientos, el mal uso de su faceta carnal, vía su uso eufemístico, hace que esta sea la asociación por default, y que acceder a la segunda se deba nadar contracorriente la más de las veces.
Ese predicamento de subir la colina de los muchos significados parece ser uno de los lastres con los que carga Canción de invierno (2020), debut de la mexicana Silvana Lázaro Rosales, en el cual presenta a Danielle (Ruth Ramos) y Diego (Andrés Lupone), pareja de amigos, músicos ambos, que coinciden en un momento de incertidumbre tras un desbarranco amoroso que los incita a viajar por carretera a fin de poner tierra de por medio con los recuerdos, airear los traumas y poner toda la perspectiva posible para con su situación y sus afectos.
La premisa, así expuesta, no parece dar mucho margen de juego, cosa que Lázaro Rosales parece entender y, dentro de las muchas virtudes del metraje, no busca extender más allá de lo necesario, con una duración justa para exponer sus intenciones narrativas y estilísticas. Aunque esa rapidez en la ejecución parece quedar acorde con los elementos de la forma audiovisual, pero deja al argumento en un muy segundo plano.
Si bien la música de Mateo Sánchez Galán logra establecer un ambiente sugestivo y cálido (similar a los aportes de Ry Cooder para Paris, Texas de Win Wenders y My blue Berry nights de Wong Kar-Wai); y la prístina fotografía de Sheila Altamirano evita caer tanto en el melodrama pasteloso como en los claroscuros agobiantes, dando prioridad a un esquema luminoso y colorido más emparentado con los de las pantallas digitales que forman parte de la paisaje sentimental de esta época, el montaje final parece seguir esta modernidad emotiva, evitan la conexión total con los personajes.
Hay momentos en los que la directora parece interesada en recrear momentos cinematográficos de su formación. El mero ejercicio de road movie, tan socorrido por distintas manos, no deja de buscar reminiscencias con la ya mencionada París, Texas, aunque le falta el sosiego de Wenders para dejar que los sentimientos y actitudes de su personajes centrales se manifiesten y permitan que el espectador asuma una postura con respecto a ellos, o el uso de los ralentíes de Kar-Wai (con un uso más cercano al de My bluberry nights, la más americana de sus producciones y donde parece olvidar la importancia de esos momentos para dar significado a las acciones en las que hacen corte).
Lo que hay es un movimiento constante de la cámara, aunado a cortes rápidos entre las tomas, una suerte de mirada esquiva que parece representar al mundo fragmentado y puesto de cabeza de la protagonista (el amigo poco a poco deja de ser compañero de búsqueda para ser un espectador medianamente privilegiado), pero por su constancia fatiga y pone trabas a la conexión entre el espectador y lo que se le muestra. Aun así, la cinta muestra vistazos de la sensibilidad de la directora, y su habilidad para concebir imágenes emotivas propias.
Hay hacia el final dos escenas, fogonazos poderosos en su variaciones sobre la intimidad, que destacan por su solvencia: la culminación de un lance amoroso de Danielle, en el que la hipercinesia de cámara y sus cortes indican el desahogo de ella, una mezcla del deseo, la desesperación y el goce atrasado que viene arrastrando desde el arranque polaroid de la cinta (que lo mismo puede apuntar a canciones del estilo de Siento que de Jumbo o Black de Pearl Jam); y una brevísima toma en la que los amigos actúan como tales, relajados, hablando de esas otras cosas que siempre surgen en medio de los más grandes bajoneos, haciendo una plática que se antojaba necesaria, más por la forma que por el contenido, desde minutos antes.
Ambas sirven como bocados incómodos porque, por un lado, dejan con ganas de más de ellos, sea en tiempo o en apariciones a lo largo del filme, y por otro dejan los sentidos dispuestos para ver las futuras entregas de una cineasta cuya voz, ligera pero con una destreza por pulir para analizar el espectro de lo humano, puede arrojar gratas sorpresas una vez purgada de sus referentes.
