Sinopsis
Ainara (Blanca Soroa), una joven idealista y brillante de 17 años, ha de decidir qué carrera universitaria estudiará. O, al menos, eso espera su familia que haga. Sin embargo, la chica manifiesta que se siente cada vez más cerca de Dios y que se plantea abrazar la vida de monja de clausura. La noticia pilla por sorpresa a toda la familia, provocando un abismo y una prueba de fuego para todos.

Opinión
Los domingos es de esas películas que parecen pequeñas, íntimas, casi domésticas… hasta que te das cuenta de que lo que está retratando es un sistema entero: una sociedad que presume religiosidad, moral y tradición, pero que en realidad solo las usa mientras no incomoden, no exijan cambios y no revelen las grietas que todos prefieren ignorar.
La cinta funciona como un espejo que devuelve una verdad incómoda: la fe, cuando se practica de dientes para afuera, se convierte en un refugio emocional para unos y en un mecanismo de control para otros.
La protagonista Ainara, tratada durante años como un cero a la izquierda dentro de su propia familia y retratando una realidad que viven muchos adolescentes donde pareciera que su educación es encomendada íntegramente al sistema educativo, encuentra en la vida religiosa un espacio donde, por primera vez, siente que alguien la mira, la escucha y la valida. No porque la religión sea perfecta, sino porque ella llega rota, con un duelo no resuelto que nadie en casa se ha molestado en acompañar.

La película muestra con sutileza cómo la fe puede ser un bálsamo real, pero también cómo la comunidad religiosa puede convertirse en un lugar donde se deposita todo lo que la familia no quiso atender. Y cuando la protagonista decide tomar una decisión propia contraria a las creencias familiares, tomada ya sea por sus carencias, su fe o por no encontrar otra salida, entonces sí, de pronto todos quieren “estar ahí”, ofrecer cariño, apoyo y presencia… justo lo que nunca le dieron cuando más lo necesitaba.
Es un comentario durísimo sobre la hipocresía afectiva: la familia solo se activa cuando siente que pierde el control.
La película entiende que el duelo no sanado no solo duele: también deforma. Te vuelve vulnerable a dinámicas de poder, a instituciones que prometen respuestas, a figuras que parecen ofrecer estructura cuando tu mundo interno está hecho pedazos.

Los domingos es una película que no sermonea de forma directa, pero sí se siente personal. Su fuerza está en lo cotidiano: en cómo muestra que la religiosidad superficial es un barniz que se cae en cuanto alguien se sale del guion. Y, sobre todo, nos recuerda que la familia puede ser el lugar donde más se hiere… y donde más se espera sanar.
